domingo, 12 de abril de 2020

Las cualidades del montero. Artículo de mi gran amigo Lolo Mialdea con algunas de mis fotografías en la web de Trofeo Caza. Mayo 2016


Las cualidades del montero.

Componer el campo, saber contenerse y sacarle el partido a un puesto de montería son algunas de las cualidades que debe poseer un montero de los de verdad, además de respetar los valores que representan a esta modalidad tan tradicional. ¿Será esta la clave del éxito? Lo narrado por el autor de esta crónica en las siguientes líneas así lo demuestra.

Mi amigo Jesús del Campo le había comprado la famosa finca de Cebrián al no menos famoso torero Espartaco un par de años antes y ya decidió que era hora de darle a aquello un “meneo” con las lógicas limitaciones de quien quiere mejorar la calidad de las reses, ya de por sí buena cuando la dejó el diestro, como teníamos más que visto al transcurrir el carril de acceso a La Loma de la Higuera por la linde durante varios kilómetros.

Aquel 22 de noviembre de 2002 yo iba ilusionadísimo, pues volvía por aquellos andurriales tras 35 años, cuando la monteé un par de veces a invitación de Rafael Canals, que la tenía arrendada, aunque no sé por qué la denominaba Cerro Abanto cuando se trata solo de una de sus manchas.

Nos concedió Jesús un cupo saladísimo de dos venados chicos, una cierva, cochinos los que entraran y una muflona o muflón chicuelo. Luego, como suele suceder, la mitad de la mitad, pero lo pasé realmente bien y no puedo quejarme de cómo se me dio personalmente.

Paisaje típico de esta zona de la donde está ubicada la finca Cebrián.

Me mandó Jesús al 10 del río y por un momento recordé con pánico el “carduzón” que nos pegamos mi tío Beni y yo cuando Rafael nos mandó al río Arenoso. Aquello fue tremendo, incluso para mí, que estaba fortísimo entonces. Resultó al final que a donde iba colocado era al carril del río, contra la malla de la linde con Mañuelas.

“Leyendo” el campo

Tras sentarme cómodamente y encender un cigarro para comprobar el aire, compuse el campo y me gustó la cañadita que tenía enfrente, que era toda una promesa. Las bajeras estaban razonablemente limpias, pero a eso de 100 metros todo se volvía denso pinar y bolos graníticos repartidos por aquí y por allá.

Fruto de este obligado ritual, y sin descartar en absoluto que algo rompiera a lo despejado, llegué a la conclusión de que la inmensa mayoría de las reses que entraran lo harían tapadas por el monte de arriba o por su mismo borde. Lo del aire era otra cuestión: soplaba sosquinado del norte y muy flojo, de modo que iba a estar a expensas de que no revocara en el momento más inoportuno. No hay que ser Covarsí para llegar a tales conclusiones, solo tener experiencia. Lo primero que se movió, mucho antes de la suelta, fue una piarilla de muflonas que entraron muy tranquilas pero al límite de mi visibilidad, entre los peñascos, los pinos y el monte de umbría que a duras penas sobrevivía a la acidificación del suelo producida por las acículas de las coníferas. Francamente, la cosa no tenía mucho chiste para mí, aunque era mi deber intentar hacer el cupo, porque si Jesús quería quitar algunos de aquellos bichos, el sabría por qué… Que nadie se tira piedras a su tejado y menos un tío que llevaba media vida gestionando fincas de reses.

El autor esperando impaciente la entrada de alguna res en el puesto.

Mentiría si dijera que no pasé momentos tensos de esos que tanto nos gustan a los monteros. Primero, buscando un machete entre las “ovejas”, y luego, intentando clarear a través del campo de visión del anteojo una hembra para tirarla, pero no hubo manera. Las “malditas” se movían como los jabalíes, siempre cobijadas. Se me perdieron en su careo y luego no volví a ver ni rastro de animalitos de su especie a los que quitar de penar entre aquellos breñales, pero no fue óbice para que me tirara toda la montería con la esperanza de que me volvieran a entrar.

Aparte de alguna cierva que ramoneó camino del encame por los pasos de los “ovejos” aquellos, nada sucedió hasta la suelta, pero me di cuenta de inmediato de que el paso estaba mal colocado y que su sitio era “resubido” como 75 metros cañada arriba, desde donde se dominaba bien la que evidentemente era la corrida de las reses. Por supuesto, no me moví de la tablilla, pero tomé buena nota para comentárselo después a Jesús, ya que no sabía si, al llevar poco tiempo allí, había dejado los pasos abajo adrede para que no le descastáramos la mancha o es que no sabía que las reses, como en tantos sitios, no se acercaban a la malla ni locas… y hay que adelantar la armada completa si se quiere hacer algo.

Al poco de soltar arriba del todo, lo que al principio fueron tiros sueltos se convirtió en un chorreo de latigazos, y a mí me entraron varias ciervas ¡Todas por el mismo sitio! “¡Maldita sea la vaca!”, me dije, pero aguanté la tentación de adelantarme como me mandaba la experiencia. Esto se multiplicaba exponencialmente a medida que se acercaban las rehalas, e incluso llegué a ver un par de venados de los tirables en sendos “trasluzones”, y también un buen macho, pero en las mismas circunstancias.

Y apareció el “manco”

Estaba ya que ardía cuando oí tirar al vecino de arriba y a la nada sentí el trote de una res carril abajo. Me apresté a recibir como se merecía lo que debía de ser res cervuna en rango de cupo cuando para mi sorpresa lo que apareció fue un hermosísimo venado con una mano partida por el nacimiento. “Desmangarrillado” como iba, tarde o temprano lo cogerían los perros, o si por cosas del azar se salvaba del agarre, su muerte sería cierta aquella misma noche.

“¡Dios mío! ¿Qué hago?”, pensé en décimas de segundo e hice algo de lo que me arrepentí (aún hoy pienso que obré mal) en cuanto perdí de vista el venado camino del pudridero: ¡No lo tiré aun cuando todas las leyes de la montería así lo demandaban! Hay que evitar hacer sufrir a los “bichos” por encima de cualquier otra consideración.

Reflexionando a posteriori, llegué a la conclusión, tonta a todas luces, de que no lo había rematado por no incumplir el cupo que no incluía venado grande, no dar que hablar a quienes al quitarse de sus posturas vieran aquel “pavo” abatido a mis pies, y no tener que darle explicaciones a Jesús a la vuelta, teniendo a la vez que culpar a un amigo de tirar lo que no debía.

“¡Joer, joer, y mil veces joer!”, me repetía. Increíblemente había hecho lo que no debía por el “qué dirán”, lo que me convertía de inmediato en un “cagueta”… que supo contenerse.

Me sentí fatal durante un buen rato, no tanto por la suerte que corriera el venado, sino porque me sentía un miserable cobarde. Cierto es que no me dio tiempo a pensar y que actué por instinto, cosa que, según se mirara, aún empeoraba más las cosas si cabe.

Los perros se emplearon a fondo para llevar las reses hacia las posturas, pese a que muchas se volvieron hacia ellos.

Ocurre que con tanto catering y lujos, se nos ha perdido el antiguo espíritu de la montería y todo el mundo sale corriendo en busca de los manjares que aguardan servidos en lujosas mesas y atendidas por solícitos camareros (ahora también bellísimas azafatas). Pocos son los que se quedan en el campo a mirar las pistas y averiguar la verdad de un lance, y mucho menos el dueño de la finca, que bastante tiene el pobre con atender a sus invitados.

La conclusión es, pues, bien sencilla: o te quedas tú con el marrón y quedas como un informal, o tienes que acusar a un compañero. Si esto haces, has de llegar hasta el final, y si es menester y el propietario no puede, tendrás que conseguir que se nombre juez a un montero de reconocido prestigio que baje al monte y confirme tu tesis, que en mi caso estaba más que clara al traer el venado rastro de sangre y mostrar en sus pistas una cojera palmaria.

¿Mas qué supone eso? Causar molestias y hacer pasar un mal rato al amigo que te ha convidado a su casa para que montees como un rey. Total, que, mirado fríamente, hice bien en no rematar, pero con la conciencia en la mano y desapasionadamente, como ahora mientras escribo. ¡Maldita sea! Debí tirar y que me partiera un rayo si eso es lo que Dios quería.

Sin tiempo para pensar

Afortunadamente, los acontecimientos me sacaron de aquellas cavilaciones. De pronto se encendió una ladra y de inmediato sentí el romper de monte de las reses en desaforada carrera, que, empujadas por lo perros, venían mucho más bajas.

Se metieron en el regajillo que tenía a la derecha y apareció, formando el típico cordón, un buen grupete de cervunas. Una a una, conforme aparecía en lo limpio, las iba siguiendo con la vista y el rifle encarado, y rompieron al final de la piara una collera de venados de ocho puntillas. “¡Esta es la mía!”, me dije.

Como siempre que el terreno me lo permite, y en este caso rozaba lo razonable, me fui con el segundo para no doblar al de delante y le dejé ir una bala. Y, como estaba casi seguro de haberle dado en sitio mortal aunque no cayera, busqué de inmediato al primero y, cuando pude echarle la cruz encima, ya lo tenía de culo en busca del amparo del monte. Dos tiros me sacó, pero al final cayó redondo.

Busqué con premura el otro venado por si hacía falta rematarlo y no lo encontré por ningún lado. ¿Se me había ido o lo había pinchado malamente y tendría que rastrearlo al final? Para saber Dios. En el momento cumbre de la montería, con los perros encima, no me iba a parar en disquisiciones filosóficas ni más zarandajas. Ya tendría dentro de un rato tiempo para comerme el coco.

El trabajo de perros y perreros fue inconmensurable. Estuvieron a la altura de la finca, de las reses y de los monteros.

Estuve entretenido mientras los perros andaban cerca y más que pendiente durante esa crucial media hora en que con tanta frecuencia entran reses vueltas de los perros. Nada me entró, pero, a juzgar por el zambaleo de tiros que se oía, bien podía suceder en cualquier momento. Transcurrido un tiempo razonable, me permití sentarme y relajarme un poco, pero sin descuidar ni un momento “mis dominios”. Le di un tiento al tintorro, encendí un cigarro y comprobé que el aire seguía firme del noroeste. Solo entonces me permití pensar en el venado que se me había ido.

Como dije, seguía convencido de que la bala había “cogido” carne, lo cual no significaba que lo fuera a cobrar con seguridad. A la vista no lo tenía… y eso solo significaba que había huido para arriba, con las ciervas. Sin duda, una mala señal.

Por otro lado, caí en la cuenta de que a las ciervas las llegué a ver perderse tras abatir el segundo venado y con ellas no iba el interfecto. Miré pues mi regajo con meticulosidad desde mi silla por si estaba tras alguna mata y no lo veía, pero eran tan pocas que perdí toda esperanza de que se hubiera quedado allí cerca.

Lo que me tenía un poco cabreado era que no había sido capaz de cobrar ninguna cierva, pues las que me habían entrado tirables iban con los venados y, claro, lo primero es lo primero. Pero presentarse en la junta sin ninguna hembra en el haber podía ser interpretado como que no había querido tirarlas, y eso sienta fatal al gestor de la mancha.

¿Conseguiría la cierva?

Casi al final, y en medio de un silencio absoluto roto solo de vez en cuando por algún tiro suelto, creí ver algo que se movía en lo más lejano de mi tiradero, arriba y a la izquierda, donde, al ser medio solana y ralear los pinos, más espeso estaba el monte.

Cogí los gemelos y enseguida vi una “linda señorita” que avanzaba tomando todas las precauciones del caso. Andaba un paso y se paraba, siempre con el aire de cara. “¡Tienes cosas de cierva vieja!”, me dije, y cambié los prismáticos por el rifle.

La armada que le tocó a Lolo Mialdea colocándose en sus posturas.

Elegí el .270 por la distancia y por poder subir los aumentos por encima de 4, máximo que me permitía el Zeiss del FN. Lo puse en 6 al considerarlo adecuado y me lo encaré. Como ocurre cuando uno está muy hecho a un arma (se convierte en la prolongación de uno mismo), apareció al instante en la retícula del anteojo… ¡Pero estaba difícil de narices! Tan tapada entre jaras y troncos de monte de cabeza, podría tragarse la bala.

Dudé si tirarla porque no me gusta fallar (¡qué jodidos somos!), pero, como la montería se acababa, irremisiblemente decidí jugármela. Tenía que buscarle un hueco entre el monte por donde pasara la bala y, para más dificultad, colocársela en sitio mortal. De este modo, sin levantarme, crucé las pierna para tener mejor apoyo al estar la res en alto, le metí el centro de la cruz donde adivinaba el codillo y esperé a que se moviera.

Trascurrieron lentos los segundos y, cuando ya me cansaba de sujetar el rifle y notaba que empezaba a temblarme el pulso, dio por fin un pasito y yo monté el pelo como un rayo, hice puntería y apreté con suavidad el gatillo. Tras el sorpresivo culatazo, me di cuenta, ya que verla no la vi, de que había caído redonda. Una satisfacción difícil de explicar me invadió por dentro. Y es que culminar con éxito un lance difícil llena lo que no está en los escritos.

Muchas veces habrán leído quienes me sigan que considero, depende de las circunstancias, a una cierva tan digna oponente como el más gallardo de los venados. ¿Qué había tenido más mérito, el venado que entró anunciado y a distancia conveniente y por lo limpio o esta cierva tapada? Para mí, la contestación no ofrece dudas.

Contento con aquel colofón, guardé los archiperres innecesarios y me dispuse a marcar las reses, pero empezando por rastrear el venado que se me había ido.

Subí los 30 metros que me separaban de donde lo había tirado y no necesité mucho para dar con un gran espurreo de sangre, a pesar de que el suelo estaba allí cubierto por rojizas hojas de quejigo. Era sangre de un rojo vivo, arterial por tanto, y, tras fijarme mejor, vi un pedazo de hueso de costilla. “¡Tardaré lo que sea, pero a ti te cobro yo como que me llamo Lolo!”, me dije satisfecho de que el que creía perdido, más o menos lejos, estaría muerto.

Como unas castañuelas, rifle al hombro por la correa, empecé a seguir la pista sin dificultad. Y como esta me acercaba al que estaba muerto desde el principio, fui quemando etapas con tranquilidad… y cuando menos lo esperaba, tras una piedra y dentro del gajorro del arroyo, me encontré con el “bicho”. No había andado ni 50 metros y aquello explicaba por qué no lo vi caer. En el frenesí de tirar el otro, no me había fijado en éste. Tan contento estaba (¡qué poco importa el tamaño de la res!), que me besé la punta de los dedos y me los llevé a ambas mejillas. Ahora sí había cumplido con el paso.

Recuerdo la merienda como una de las mejor servidas y me dieron las tantas de charla con los amigos. A Jesús nada le dije del venado herido: ¿para qué hacerle pasar un mal rato cuando más feliz debía sentirse?

Texto: Lolo Mialdea 

Fotos: Félix Sánchez y autor

viernes, 10 de abril de 2020

La montería tradicional y su evolución. Mi artículo en la web de Trofeo Caza. Febrero 2018


«Admitiendo que no todo tiempo pasado fue mejor, hay que reconocer que muchas cosas han cambiado en nuestro mundo montero, y no todas para bien».


Así empezaba hace ya unos años uno de mis artículos, que titulé «Del paso al puesto», donde hacía un repaso a lo mucho que han cambiado, y solamente en unas décadas, las monterías y en especial la montería tradicional.

Ya tengo una edad y a veces me gusta recordar las historias pasadas y los lances vividos; retroceder en el tiempo, pero no con nostalgia, en mi caso con alegría.

Cuando empecé a montear con mi tío Lalo y mi padre, Juan Sánchez, a finales de los años sesenta del pasado siglo –y hasta hoy–, ha llovido mucho por nuestras sierras, y los usos y costumbres de nuestra tradicional montería española han cambiado y evolucionado para adaptarse a los nuevos tiempos.

En aquellos años asistir a una montería aún tenía su buena dosis de aventura y emoción; la incertidumbre de lo que se podía llegar a cobrar y los resultados eran en gran parte imprevisibles y desde luego muy inferiores en cantidad y calidad a lo que se puede conseguir hoy en día, ya que nunca hubo en la península tanta cantidad de reses como ahora.

Meses antes habíamos visitado la finca en la que se iba a celebrar la montería, acompañando a mi tío Lalo, un pionero en la organización de monterías comerciales, visto los pasos y huidas naturales de las reses (eran fincas abiertas), hablado con el guarda y colocado los puestos en estas huidas naturales, procurando la máxima seguridad entre un puesto y los contiguos.

Por tanto era posible tener el puesto vecino muy cerca de ti, aunque siempre sin verlo, o bien a muy considerable distancia. Todo dependía de los pasos naturales de las reses.

Se cerraba la finca con las armadas de cierre, pero dejando hueco entre los puestos, no era cuestión de arrasar con todo, sino de dejar madre para años venideros; y hablo de fincas abiertas, ya que las fincas cercadas eran muy escasas en aquellos años y lo eran con malla ganadera, no como hoy en día.

En aquellos años era raro ver visores en los rifles, y muchos monteros iban con sus escopetas, ya que casi todos los asistentes sabían que había que dejar cumplir a las reses para abatirlas en su sitio, con jurisdicción; y por tanto era extraño disparar a más de 150 metros; eso sí, siempre en nuestro campo de tiro para no cortar el camino de las reses que fuesen a romper al puesto vecino.

En el verano, a veces, se le suplementaba la alimentación con algunos sacos de maíz y unas cuantas pacas de cebada, que íbamos repartiendo en comederos improvisados. Las reses se movían de unas manchas a otras de acuerdo con las estaciones, disposición de comida o buscando tranquilidad, los pilares de una buena finca montera.

El autor en 1970, el mismo año en que se hace novio

En una gran mayoría de veces, y si la mancha se daba por el dueño de la finca sin interés comercial, era el guarda quien decidía cuando debería darse la montería, de acuerdo con la densidad que hubiese en aquel momento de reses, y se avisaba a los invitados con pocos días de antelación, no fuese a vaciarse la mancha si se tardaba mucho en montearla.

Las monterías eran todas de invitación, y solamente a mediados de los años cincuenta del pasado siglo se empezaron a celebrar monterías comerciales, vendiendo algunos de los puestos para amortizar los gastos, muy abundantes, no para ganar dinero.

Recuerdo las primeras monterías a las que asistí: la junta era siempre muy temprano, a las ocho de la mañana como muy tarde, y llegar por las carreteras de aquel entonces era complicado. Tampoco los automóviles eran los de ahora y solamente se veían algunos Land Rover como auténticos todoterrenos.

El desayuno de lujo con migas o churros era una entelequia; eso sí, el café de ‘pucherete’ no faltaba, ni la clásica copa de aguardiente para entonar el cuerpo y mejorar las ‘apuntaeras’.

Muchos de los asistentes optaban por pasar la noche anterior a la montería en la finca, o en algún cortijo cercano, suyos o de sus amistades, donde las tertulias monteras se alargaban casi hasta el amanecer, narrando lances vividos o contando historias antiguas de caza a la calor de la lumbre.

Los demás salíamos de las ciudades muy temprano, en caravanas de veinte o treinta automóviles; como dije, nada de todoterrenos cómodos, en todo caso algún Land Rover renqueante donde se colaba todo el frío de la noche por la cantidad de rendijas que tenía, eso sin contar el polvo ni lo incómodos que eran.

Seis personas sentados en las dos banquetas traseras, apretados unos con otros y sin apenas sitio para moverse, con los bártulos en el suelo lleno de toda clase de restos de materia vegetal y otros elementos agrícolas, donde nos acomodábamos los asistentes a la montería, secretarios y algún acompañante.

Esta peculiar caravana que atravesaba a aquellas horas la muy poco transitada sierra, por unas carreteras pésimas llenas de baches y socavones, procurando no perder de vista al automóvil que iba en primer lugar en el cual se encontraba la persona que sabía llegar a la junta.

Rehala 1950

Rara era la vez que alguno de estos automóviles no se averiaba. Tocaba entonces parar y esperar a ver si alguno de los presentes lograba arreglar la avería. De no ser así se dejaba bien aparcado el automóvil y se trasladaban sus ocupantes y bártulos a los demás coches.

No hay que olvidar que por aquellos años no existían los móviles y los teléfonos eran inexistentes en los cortijos (si acaso alguna emisora de radio), así que no había manera de avisar a una grúa que viniese a recogernos a aquellas horas.

Cercanos ya a la junta, adelantábamos a los acemileros que, andando, conducían a los mulos que se utilizarían para sacar las reses de la montería. También a algún camión desvencijado que llevaba a algunos caballos en la caja descubierta y que a veces volcaba en aquellas cerradas curvas.

Una vez celebrado el sorteo –siempre sorteaban primero las rehalas, como se hacía desde siempre; después los linderos e invitados–, a continuación del rezo de un avemaría o de una misa de campaña se ponían en marcha las armadas para ir colocando los puestos, primeros los cierres para después salir las traviesas.

Algunas iban en camionetas, otras en caballerías y la mayoría andando. Si eras joven la caminata estaba asegurada: eran aquellas famosas armadas de los niños donde todos empezamos, las más apartadas y en las que casi nunca se lograba disparar ni un tiro, pero no importaba, la afición nos movía y lo de menos era el resultado.

Armada montada en camión. El Eucalipto (Córdoba), 1977.

Conocías a casi todos los asistentes a la montería y por tanto era común que cuando te colocabas en tu puesto supieses quién tenías de compañero de puesto a tu izquierda y quién a tu derecha.

Lo habitual era ir acompañado al paso –yo, desde muy pequeño iba con mi padre y así aprendí lo poco o mucho que sé de caza– y compartir los lances, si te dejaban, cuando ya tenías una edad. En mi caso me hice novio en Fuentevieja (Córdoba) el 5 de noviembre de 1970 –tenía 13 años– con un ciervo de 8 puntas.

¡¡Cuarenta y siete años han pasado y me parece que fue el fin de semana pasado!!

La suelta, normalmente a eso de las once de la mañana, el trabucazo y las ladras de las rehalas te avisaban del comienzo. Luego el paso de los primeros perros y conocer por su collar a quién pertenecían y hasta saber el nombre del puntero y, cómo no, del perrero al que, al pasar por tu puesto, siempre ofrecías agua o lo que tuvieses y aprovechabas el momento de charla para saber cómo estaba la finca, los encames recientes que había visto…; en fin, cómo iba transcurriendo todo.

No hay que decir que emisoras casi no había en la montería. Te comías el taco que siempre llevabas (¡qué de recuerdos esa tortilla de patatas, el filete empanado y la manzana!); y si hacía frío, pues echabas una lumbre para calentarte.

Las reses eran mucho más escasas que en la actualidad, y lo que importaba era el lance más que el trofeo de la res. Palabras como ‘bocas’, ‘medallable’ y otras, no recuerdo haberlas oído en aquellos años.

Si el lance había sido bueno tenías la recompensa con la res muerta en su sitio y por derecho; y si no, pues no pasaba nada.

A eso de las cuatro de la tarde, tras unas seis horas en el puesto, sonaban las caracolas de recogida y te ibas a pistear y marcar las reses si el día había sido propicio; y si no, pues ayudabas a marcar las del vecino.

Después, a la junta de carnes por el mismo medio por el que habías venido. Allí te esperaban unos garbanzos calientes –a veces– y un poco de vino. Si había que discutir una res se hacía siempre en el campo, nunca en la junta; y si surgían desavenencias, el capitán de montería, acompañado de otros dos o tres monteros con experiencia y los monteros que reclamaban la res, se acercaban al puesto y decidían de quién era. ¡Su veredicto era inapelable y todos aceptaban su juicio!

Título de montero 1937

Si aquel día se había hecho novio a algún joven montero, eran los perreros (rehaleros les llaman ahora) quienes se encargaban de dictar sentencia; normalmente todo quedaba en una ‘convidá’ pagada por el padre o acompañante del novio y alguna broma sin mayor relevancia para el nuevo montero. En casos especiales se juzgaba al interfecto con un tribunal por derecho, con su juez, abogado defensor y fiscal; a más de un vocinglero público.

Sin prisas se charlaba de lo acontecido en la montería, y muchas veces algunos de los asistentes se quedaban a dormir en la misma finca para no tener que volver de noche por esas carreteras infames.

Ya en los setenta la cosa cambió. Cada vez más monterías comerciales aparecieron en la sierra, las primeras fincas valladas irrumpieron en el panorama y se produjeron las primeras reintroducciones de reses foráneas para mejorar los trofeos.

Los precios de los puestos se dispararon a principios de los ochenta, y eso hizo que muchos viejos monteros se fuesen retirando de las monterías, sustituidos por médicos, notarios y grandes empresarios, que en algunos casos utilizaban las monterías como mero acto social.

Con la llegada de los noventa los precios siguieron subiendo; y la gente, no haciendo caso a aquel refrán español que dice que «es de necios confundir valor con precio», valoraba en demasía fincas que no lo merecían.

Los dueños de las fincas se acostumbraron a pedir más de lo que valían sus propiedades; pero, como las organizaciones de monterías les pagaban el precio ofertado y además siempre había quien comprase los puestos, pues ¡sin problemas!

A todo esto, cada vez se valoraba menos las rehalas y su trabajo, pasándose de pagar una cantidad más el taco y pan para los perros a una cantidad fija, independientemente de la calidad de los canes.

También desaparecieron de nuestras sierras los trabucos, por la ley de explosivos (y la comodidad de algunos), perdiendo gran parte de su tradición.

La llegada del nuevo siglo trajo consigo precios aún más altos, haciendo imposible para la gran mayoría de monteros asumir estos gastos. Las manchas cada vez tenían más puestos; donde antes había dos pasos ahora se cerraba la mancha con ocho puestos, colocados siguiendo estrictamente cuestiones de espacio y procurando que no hubiese accidentes. Y los asistentes eran en su gran mayoría empresarios dedicados al ‘ladrillo’ que no tenían, en general, ninguna afición montera.

2017. Rehala de Carlos Rubio "El Agarre"

Las novedades técnicas llegaron, cómo no, a las monterías. Ya no se veían escopetas, solo rifles de calidad con visores magníficos, medidores de distancias, punteros láser y miniordenadores en los visores que permitían de forma automática calcular las condiciones del tiro.

Grandes y potentes todoterrenos climatizados y con todos los lujos imaginables, ropa y calzado térmicos, móviles vía satélite, GPS incorporados al reloj…

Ya nada de andar. Te colocan en el puesto a pie de tu todoterreno, te dan el plano del puesto, los resultados anteriores, las localizaciones de los posibles sitios por donde te entrarán las reses.

Y si fallas no te preocupes, detrás de ti tienes una malla cinegética, así que esa res que se fue te volverá a pasar, seguramente, al no poder huir.

Por la mañana, y después de la montería, tendrás un magnífico catering, servido en librea por profesionales de la hostelería en manteles de hilo con cubertería francesa.

¿Y las rehalas? Estas ya no importan. Se les da un par de puestos para que, si pueden, los vendan y así poder cubrir gastos. Y a veces se les colocará en las nuevas armadas de rehaleros, que son siempre armadas de cierre de dudoso éxito. Con esto se están perdiendo muchas de las grandes rehalas que había.

¿Es este el futuro de las monterías? ¿Existe aún la montería tradicional española? Yo opino que toda evolución tiene sus ventajas, y que hay que evolucionar o dejar de existir.

Y aún quedamos algunos viejos monteros que procuramos inculcar a las nuevas generaciones lo que a nosotros nos enseñaron nuestros mayores. Y mientras nosotros existamos, o alguien nos recuerde, la montería tradicional española y sus costumbres ancestrales no desaparecerán.

Félix Sánchez Montes

lunes, 6 de abril de 2020

Entrevista a Carlos Rubio, rehalero y director de una oficina de banca. Mi artículo publicado en la web de Trofeo Caza. 4 de mayo 2018


Como continuación de las entrevistas a Alfonso Aguado Puig y a Lolo Mialdea Lozano, le corresponde hoy el turno a Carlos Rubio Magro, dueño –junto a su socio Antonio Vázquez Gómez– de la rehala El Agarre, que une su afición a los perros a su trabajo de director en una oficina bancaria.

Me cita en las instalaciones de su cuidada perrera en la localidad de Fregenal de la Sierra (Badajoz), rodeados de los que cariñosamente llama sus «guerreros».

Buenas tardes, Carlos, empezaré por preguntarte qué es para ti una rehala.

Carlos Rubio junto a su socio Antonio Vázquez

Quiero comenzar esta entrevista aclarando que la propiedad de la rehala El Agarre es compartida con Antonio Vázquez Gómez. Somos socios desde que nos conocimos allá por los años ochenta.

Dicho esto, paso a responder lo que es para mí una rehala. Quien me conoce me ha escuchado más de una vez comentar que es como un equipo de fútbol, con su entrenador a la cabeza: hay que tener portero (yo tengo alanos); por supuesto buena defensa (yo sigo con los alanos y cruzados de dogo argentino con paterna y algún bóxer); un gran centro del campo (en mi caso paternas y sabuesos del terreno); y, para finalizar, una buena delantera (esos maravillosos punteros en mi caso, en su mayoría paterneros).

Y, cómo no, un buen entrenador que los conozca bien, sepa dirigirlos y colocarlos en su sitio (sabiendo lo que llevar dependiendo dónde y a qué se va) y animarlos, porque ellos necesitan saber que tú estás ahí. Detrás de una buena rehala siempre hay un buen rehalero.

La caza con rehala es una modalidad más de caza con perro, que es totalmente necesaria para el control de poblaciones de animales salvajes que causan daño tanto a la agricultura como a la biodiversidad, amén de accidentes de tráfico.

¿Cuáles son los orígenes de tu rehala?

Los orígenes se remontan, como digo, a los años ochenta. Con la decadencia del conejo por esta zona y el aumento del jabalí de forma generalizada, comenzábamos a ir a monterías con orgánicas de la época, con el tradicional «puesto y propina»; de esta forma había para la gasolina y se podía ocupar un puesto en el que poder abatir sobre todo algún venado, que era la pieza estrella para nosotros.

Fue por los años noventa cuando, de manera oficial, se conformó la rehala tal y como hoy se conoce con el nombre de El Agarre.

Por aquellos años, en contraste con los tiempos actuales en los que todos tenemos magníficos todoterrenos, íbamos a montear con un Citroën C15 que tiraba de un carro de un solo eje. Hacíamos kilómetros y pasábamos fatigas, pero era una ilusión que solo podemos entender los que de verdad amamos este mundo.

Háblame de tu rehala.

Está compuesta de un número aproximado de 60 perros adultos y unos 16 cachorros, de los cuales cuatro son alanos, dos sabuesos y el resto paternas, la raza mayoritaria. Soy un enamorado de esta raza, es un perro de levante sin igual y valiente como pocos; es duro y tenaz, y si le tengo que poner una falta es precisamente la valentía, pues se tiran a los jabatos como posesos aunque estén solos en el encame, de ahí los muchos disgustos que dan.

Por otro lado tengo sabuesos de los que por aquí llamamos del terreno, o sea cruzados. Para mí son imprescindibles en una rehala También hay cruces de dogo argentino con grifón vendeano, un portento de perro.

Otro cruce que tengo y que es espectacular es el de dogo argentino con paterna. También hay algún bóxer, que que me han ido regalando, y todos me han salido extraordinarios. Y, cómo no, los alanos, la raza ideal para la fuerza de una rehala.

Esta es solo la opinión de un rehalero/perrero basada en la experiencia de los años. Yo crío y cazo, mantengo mis líneas propias de trabajo dentro de mis conocimientos y el resultado está ahí, perros para cazar que lo hacen bien y punto.


¿Cómo transcurre para tu rehala un día normal de montería?

Ya el día antes, hay que sentarse tranquilamente en casa y sacar toda la documentación a rellenar: el libro de salida, el talón de desinfección (previa desinfección del carro, evidentemente) y la ordenación de cartillas.

Después elijo y marco los «guerreros» que van a salir al monte, y hago un croquis de las dos plantas del carro, señalando quiénes ocuparán los atijos de cada planta y posteriormente realizo la distribución de los demás que van sueltos.

Últimamente, desde hace un par de años nos hemos modernizado, y hay que elegir los guerreros que llevarán el collar GPS. Unos lo llevarán por ser punteros, otros por ser nuevos y otros simplemente para saber con exactitud qué es lo que hacen en la mancha. Con estos collares no solo se localizan con facilidad sino que además se aprende mucho sobre su comportamiento.

A las seis de la mañana, arriba. Yo tengo que ir cerca para recoger a Lorenzo el Metralla y a Andresín el Pitillero, ninguno falla jamás, y el siguiente paso es el bar Stop, de mi cuñado Nicasio para tomar café y entablar la primera charla.

Listo todo, disparados a la perrera: después de tantos años y de la distribución de cargos, es fácil todo. No sería justo olvidarme del otro integrante de la rehala, el amigo Torri, que de manera desinteresada es el encargado de limpiar semanalmente la perrera, fregar todos los bebedores y alimentar a los perros.

Una vez llegamos a la junta, hay que esperar al capitán de montería para la distribución de las rehalas (nosotros, cada vez más, días antes vamos a ver las sueltas y así favorecer la salida y la organización el día de la montería).

Llegados a la suelta y recibida la orden, puertas abiertas y «guerreros» al monte. Toca recoger, lo normal es tirar el cable para atar a medida que vayan llegando y una buena candela. Ahora con los GPS ando más tranquilo, veo por donde andan.

Ojalá todos vengan bien y no haya cortes, porque a mí, habiendo cochinos, raro es que no me toque la «costura»; este año, llevo cuatro bajas. Los compañeros me traen los heridos para que se los arregle, la verdad es que no se me da mal del todo.

Al final y una vez recogido, salida de la finca y a la perrera, que al día siguiente hay más.

Durante cuatro meses hay monterías, ¿qué pasa con una rehala los ocho meses restantes?

Hay que seguir siendo rehalero, porque ser rehalero significa serlo los 365 días del año, no se puede ser a tiempo parcial, los guerreros son los mismos y tienen las mismas necesidades (quizás más): limpieza constante, comida, desparasitación y atención diaria.


¿Cuánta documentación y permisos necesitas para montear?

Es un verdadero despropósito por parte de la Administración, que no sabe medir la documentación que realmente necesita una rehala.

Está claro que es necesario un Núcleo Zoológico y que este sea supervisado por un veterinario. Ahora bien, el perro de rehala NO es un animal de producción.

Nosotros vamos a cazar con nuestros perros y no los llevamos al matadero, no van a ser consumidos. No tenemos que estar dentro del espacio de los animales que SÍ son de producción (ovejas, vacas, cochinos, etc.) y van a ser consumidos.

Libros de explotación (altas y bajas), libro de medicamentos, libro de salidas, talón de desinfección, precintado del carro, seguro de rehala, licencia por cada CC. AA.; y ahora, además, en algunas, licencia de armas del rehalero; en otras, licencia para todo el que entra en el monte, cartilla sanitaria (vacunación contra la rabia) e instalación de microchips a cada perro.

En cuanto al otro gran problema, el corte de orejas y rabo por motivos funcionales, solo voy a decir que es algo necesario y está documentado, y quienes lo prohíben, NO TIENEN NI IDEA de lo que están haciendo, son unos auténticos ignorantes, movidos por intereses ajenos a la realidad de lo que de verdad es el bienestar animal.

Además de ello, a la rehala le afecta absolutamente todo: regulación sobre núcleos zoológicos, legislación sobre bienestar animal (bien de compañía o de animales potencialmente peligrosos), por supuesto todo lo relacionado con la sanidad animal, que no es poco, y no digamos el lío constante en cuanto al transporte y toda la normativa en cuestión cinegética.

Con todo ello, y por si fuese poco, hay que soportar últimamente los ataques constantes de animalistas.

¿Crees que existe unidad entre los rehaleros?

Por supuesto que NO, ese es para mí el mayor de los problemas que tenemos; o dicho de otro modo, por la desunión de los rehaleros tenemos la mayoría de los problemas que nos afectan.

Yo lo veo desde primera fila, se está deseando que caigas para pasarte por encima, la envidia hace que algunos se alegren de los problemas de otros, por delante una cara y por detrás otra; en fin, te llevas desilusiones a menudo, pero la afición supera estas situaciones negativas, esta es mi manera de superarlo.

Últimamente hemos tenido que salir a la calle para defendernos de los muchos ataques que venimos sufriendo, y ni tan siquiera hemos respondido como se debería haber hecho. Hemos sido muchos los que salimos a la calle, sí, pero no todos.

Gracias a Dios que al menos los estamentos de la caza, a través de sus representantes (federaciones, asociaciones, etc.) y por primera vez, dan síntomas de unión. La Alianza Rural es una realidad y ya ha conseguido doblegar algunas medidas absurdas; al menos es esperanzador, de ahí la importancia de estar asociados.

Personalmente tengo que decir, porque no sería justo obviarlo, que con el grupo que habitualmente monteo somos como una familia, nos ayudamos, nos apoyamos, estamos unidos, somos verdaderos amigos y así debería de ser siempre; pero desgraciadamente no lo es, esa es la cruda realidad.

¿Perteneces a alguna asociación de rehaleros?

Por supuesto que SÍ, faltaría más. Pertenezco a la Asociación Española de Rehalas (A.E.R.), cuyo presidente es un rehalero más, D. Alfonso Aguado Puig, gran conocedor de este mundo y persona totalmente volcada en la defensa de la rehala y de los rehaleros.


La A.E.R., a través de proyectos y actividades, siempre trata de resaltar la figura de la rehala y del rehalero, así como de asesorar y formar en materia del cumplimiento de la normativa legal, cambiante por otro lado a una velocidad de vértigo.

¿Para ti está valorado el trabajo de una rehala?

La valoración de una rehala se puede medir de dos formas: una, la ayuda económica; y otra, el reconocimiento al trabajo, al esfuerzo, a los perros…

En cuanto a lo primero, es evidente que no; tampoco voy a entrar en cifras, pero teniendo en cuenta el coste de una postura, el valor de las carnes, etc., la equivalencia a la hora de propinar una rehala por parte del orgánico está muy lejos de ser, cuanto menos, justa.

En cuanto a la segunda, y en líneas generales, creo que tampoco. Aún hoy, desgraciadamente, existen orgánicos sin escrúpulos que se mueven al son del mercado y poco o nada valoran el trabajo de una rehala, más bien la valoran dependiendo de si le venden puestos o no; y curiosamente son los mismos que además consideran a los perreros/rehaleros inferiores en la visión de su escalafón social.

¿Cuál crees que es el futuro de las rehalas?

Bueno, digamos que halagüeño precisamente no es. Socialmente la caza está mal vista, está siendo atacada con demasiada saña por gente que no conoce este mundo, que no valora sus puntos positivos, su necesidad de existir, sus puestos de trabajo, la mayoría de ellos en zonas rurales desfavorecidas.

Y como consecuencia de ello, a la rehala no se le augura un buen futuro ni mucho menos, la rehala no está valorada, ni tan siquiera dentro del mundo de la montería, es la última para todo. Aún existen orgánicos, pocos, gracias a Dios, que tratan con cierto desprecio a los perreros y los consideran de menor clase (pero, eso sí, necesitan sus perros, qué paradoja); y hay monteros que se creen superiores simplemente por su condición de ocupar una postura en la montería.

Algunos perreros también tienen esa capacidad, e incluso en algunos casos superior, pero prefieren sus perros y no por eso son inferiores a nadie. Hoy en día no existe tanta diferencia de clases como algunos se creen; en fin, sin perros no hay montería, eso es así de simple y nosotros los rehaleros deberíamos de darnos más a valer.

Por otro lado, tenemos a los ‘grandes’ políticos actuales, políticos que se venden por votos y que a mi juicio se han equivocado al posicionarse al lado de los animalistas anticaza; muchos de ellos son cazadores y monteros, pero les ha dado miedo dar la cara porque piensan que la sociedad les castigará en las urnas.

Y, sin embargo, ahora, después de mucho daño hecho, algunos tratan de dar marcha atrás al observar con preocupación la unión que se está produciendo en torno al mundo rural y que lleva camino de convertirse en una nueva formación que nos represente en sede parlamentaria.

España es un país demócrata y sería bueno que nos pudiéramos defender nosotros mismos y no depender de quienes se mueven por intereses propios. Ojalá sea así y más pronto que tarde.

Ante esta tesitura, es evidente que el futuro depende de nosotros mismos, de cómo encaremos este futuro próximo y de cómo consigamos cambiar la imagen que de nosotros tiene la sociedad. Dice mi buen amigo y rehalero, D. Alfonso Aguado, en una de sus publicaciones, que si no hubiera rehalas habría que inventarlas, y estoy totalmente de acuerdo, es una frase muy afortunada que nos engrandece.

Aunque le pese a algunos, «la rehala no desaparecerá nunca, tan solo tenemos que dignificarla». Yo seré rehalero/perrero siempre.

¿Desearías añadir algo más?

Tal vez podría ser interesante decir que el cazar con la rehala la he simultaneado durante muchos años con mi trabajo en la banca, y sobre todo los últimos 14 años como director de oficina de CaixaBank. Puede que así la gente se dé cuenta de que los perreros lo somos porque nos gusta y que también tenemos formación universitaria.

Por lo demás, dar las gracias a la revista y a ti por acordarte de mi rehala y por la oportunidad de poderme expresar. Gracias.

Gracias a ti Carlos, por haberme dedicado este tiempo para realizar la entrevista, es un placer escucharte.

Félix Sánchez Montes


jueves, 2 de abril de 2020

Entrevistamos a Alfonso Aguado, Presidente de la Asociación Española de Rehalas. Mis fotografías en el artículo de Cazavisión. 28 marzo 2020

"Ningún rehalero va a dejar desatendidos sus perros por muy difícil que sea la situación". 

 Aguado en la manifestación del 5 de julio en Madrid (foto: Félix Sánchez). 

Enviado por Manuel L. Luengo el 28 Marzo 2020.
Cazavisión ha hablado con Alfonso Aguado, presidente de la Asociación Española de Rehalas. Hemos repasado cómo está afectando la crisis sanitaria al sector. Una vez más, el cuidado de los perros está siendo un prioridad para los rehaleros. 

El colectivo rehalero, como otros muchos que forman parte de la sociedad, tampoco se escapa a la situación generada por la crisis sanitaria. Alfonso Aguado, presidente de la Asociación Española de Rehalas, ha abarcado estas cuestiones, y nos ha explicado cómo está afectando el Estado de Alarma a los rehaleros. 

En principio, los problemas pueden surgir cuando los rehaleros se desplazan a las perreras para cuidar de las rehalas. En este caso, los dueños van una o dos veces al día. Como explica Aguado, las perreras de rehalas están ubicadas a cierta distancia de los núcleos urbanos y eso exige que haya que moverse en los vehículos. 

Evidentemente se trata de un inconveniente, pero por el momento, el rehalero explica que no tienen constancia de que se hayan puestos impedimentos ni hayan surgido problemas con las autoridades. Como ocurre con cualquier ciudadano, ha existido cierta inseguridad, ya que hay que justificar cada desplazamiento con la puesta en marcha de las medidas del Estado de Alarma, pero con el tiempo se ha ido disipando esta sensación. 

“Ningún rehalero va a dejar desatendidos a sus perros por muy difícil que se ponga la situación. Nos adaptaremos a lo que haga falta para cumplir esa función. Yo siempre considero que el rehalero es una persona resiliente, que se hace fuerte ante la adversidad” 

“Lo que le aconsejamos a nuestros socios y a todos los rehaleros es que lleven consigo la documentación del núcleo zoológico, y en caso de que les paren las fuerzas del orden, justifiquen el desplazamiento con motivo de la atención a los perros“. Reitera que, tras la incertidumbre inicial, no ha habido problemas. “Las autoridades se están mostrando en todo momento comprensivas con la necesidad de ese desplazamiento”, nos confirma Aguado. 

Los rehaleros han sido previsores 

La alimentación es otro tema que puede complicarse más a medio plazo. Los transportes de determinados productos se están viendo afectados. Estamos observando como cierran talleres y algunas actividades que podemos considerar básicas, pero “esperemos que no llegue al sector de la alimentación de los animales”. 

Los rehaleros, no obstante, han sido previsores. El presidente de la AER explica que los dueños han hecho acopio de productos básicos como pueden ser arroz o pastas, que son alimentos no perecederos que dan cierta seguridad de abastecimiento. 


También puede surgir incertidumbre en caso de que el Estado de Alarma se alargue más de la cuenta. Pero conociendo al sector, Aguado pone la mano en el fuego: “ningún rehalero va a dejar desatendidos a sus perros por muy difícil que se ponga la situación. Nos adaptaremos a lo que haga falta para cumplir esa función. Yo siempre considero que el rehalero es una persona resiliente, que se hace fuerte ante la adversidad”. 

Para el mundo de la montería, si se puede sacar algo positivo entre comillas, es que el problema se ha manifestado al final de la temporada de caza: “nos ha cogido en el modo hibernación, como yo digo. Si hubiera ocurrido en plena temporada, tendríamos que haber parado, porque las monterías suponen una importante concentración de personas. Además, el colectivo de cazadores debemos dar ejemplo y no hacer nada diferente a lo del resto de la población. Estamos respondiendo bien, guardando las medidas de confinamiento”. 

Hace un año, los organizadores estaban a estas alturas presentado sus calendarios y gestionando las jornadas de la próxima temporada. Pero en esta situación, no hay nadie que lo esté haciendo, tal y como explica Aguado. 


Los rehaleros ahora están inmersos es en el momento de los cachorros, esos perros que cazarán en un par de temporadas o tres. Entre los meses de marzo y mayo empiezan a parir las perras y eso “es lo que mantiene viva la ilusión del rehalero”. 

Volviendo al tema de la alimentación animal, el Gobierno ha estimado que sea una cuestión de primera necesidad. Por lo tanto, gracias al acopio de suministros y que la producción no se está parando, por ahora la comida está asegurada. 

Problemas económicos 

Pero como bien apunta Alfonso Aguado, el problema va a ser económico, una cuestión que afecta a toda la sociedad y de la que no se escapa este colectivo. “Todos los rehaleros mantenemos los perros de nuestro propio bolsillo. En este caso, si el empleo se resiente, pueden llegar las dificultades”, apunta el rehalero. No obstante, Aguado incide en que el sector se adaptará como sea necesario y se volcarán de una forma u otra en el cuidado y la alimentación de sus perros. 

En este 2020, la AER tiene previsto celebrar su asamblea general en la Feria de Caza de Campillo de Altobuey, en Cuenca. Como explica Alfonso Aguado, aquí los rehaleros siempre han sido muy bien tratados y acogidos, y era necesario mostrar este agradecimiento. Por el momento, la cita se mantiene en pie para el día 6 de junio, aunque la situación actual podría llevar a cancelar el evento. 

(Fotos: Félix Sánchez).